Por Xulio Ríos (Revista Pueblos, xullo/2006; Rebelión, 19/07/2006)
En los últimos años, la confianza de las multinacionales respecto a China ha aumentado. Está por delante de cualquier otro susceptible de recibir inversiones directas del extranjero. Las florecientes ciudades del delta del río Perlas en China, una zona de arrozales hace diez años, se han convertido en el nuevo Manchester del siglo XX y XXI. Shunde se llama a sí misma la capital del horno microondas; aquí, en una de sus gigantes fábricas, se realiza el 40% de la producción global de este electrodoméstico. En el sur, en Shenzhen, se puede fabricar el 70% de las fotocopiadoras mundiales y el 80% de los árboles artificiales de navidad. Dongguan tiene 80.000 personas trabajando en una fábrica de zapatos para los chavales de todo el mundo, etc. (Foto: Vista del centro urbano de la ciudad de Shenzhen en el atardecer).
La inversión de las empresas multinacionales extranjeras ha desempeñado un papel ciertamente importante en la aplicación de la política de reforma y apertura en China, que está en el origen, junto a su inmensa capacidad de ahorro interno, de la profunda transformación económica y social que viene experimentando este país desde finales de la década setenta. Pero cuando la imagen de China como “taller del planeta” se extiende por todo el mundo, con su larga secuencia de explotación salvaje y opresión de numerosos colectivos de trabajadores, principalmente en las zonas económicas exclusivas, China se apresta a acelerar el paso en el camino de vuelta, realizando cada vez más importantes inversiones en el exterior, y creando sus propias empresas multinacionales para discutir en pie de igualdad en el mundo de la globalización económica. Por otra parte, cabe advertir una singular reorientación de las inversiones extranjeras en los últimos años, en las cuales el porcentaje de investigación y desarrollo es cada vez mayor. China quiere otro destino.
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